Que ver en Chile?

En primer lugar pasamos unos días en Temuco, alrededor de 5 horas en automóvil desde Santiago de Chile y capital de la región de la Araucanía, una de las zonas que todavía posee una mayor concentración de habitantes de raíz o identificación mapuche de Chile.

Allí, pudimos contemplar algunas muestras de la gran belleza que posee esta zona del sur de Chile. Entre otros lugares, tuvimos la suerte de conocer el Parque Nacional Conguillio, una de las reservas naturales más importantes de Chile y que destaca por la inmensidad de alguna de sus araucarias milenarias, unos árboles nativos de esta parte del mundo y que aquí son motivo símbolo y orgullo.

Nuestro viaje, sin embargo, prosiguió más al sur. Aún en la región de la Araucanía nos desplazamos alrededor de una hora en coche hasta llegar a la joya de la corona de la zona: Pucón. Pucón es la ciudad vacacional por excelencia. En verano miles de santiaguinos recorren los casi 1000km que separan ambos puntos para disfrutar de las bellezas paisajísticas que ofrece el lago Villarrica y el imponente volcán de mismo nombre que en él se refleja. Este volcán, que presume de poseer hielo durante todo el año en su punto más alto, es uno de los más activos de Chile, y, a mi parecer, uno de los más bonitos.

Aprovechamos los tres días que estuvimos allí para conocer otros lugares idílicos de la zona, como la ciudad de Villarrica, la cual recibe su nombre porque los españoles pensaban que allí se escondía una gran cantidad de riquezas que los primeros colonos habían obtenido durante su primera incursión a esas tierras y que más tarde volvió a ser reconquistada por el pueblo mapuche. De hecho, llama la atención que donde pisan ahora mismo mis pies nunca dejó de ser territorio indígena hasta la independencia de Chile, la cual no tiene mucho más de 200 años.

Al siguiente día seguimos nuestra ruta. Más al sur. Hasta el pequeño pueblo de Lican Ray. Hasta allí nos llevó el propietario del AirBnB que nos había hospedado las noches anteriores. Un gran tipo con el cual seguimos en contacto. En Lican Ray pudimos recorrer la Península, una pequeña reserva de bosque nativo que rodea el lago Calafquén. Una pequeña ciudad que en verano hierve, pero que ahora en invierno es el lugar perfecto para disfrutar plenamente de la naturaleza en tranquilidad.

Nuestra siguiente para da fue Panguipulli. Todavía más al sur. Literalmente el nombre de la ciudad significa “loma de pumas” en lengua mapuche, el mapuzungun. Hasta allí llegamos haciendo dedo, una práctica habitual en esta zona, mucho más tranquila y segura que la capital chilena. Allí contemplamos el lago Panguipulli en todo su esplendor en una de sus playas. Contemplar el rumor del agua, la inmensidad del lago y el imponente volcán Shoshuenco nevado supuso uno de los momentos con más magia del viaje. Cuando uno no está acostumbrado a tanta naturaleza y diversidad junta, inevitablemente se rinde ante tal belleza.

Pasamos la noche en Panguipulli y probamos uno de sus artesanales dulces con rico manjar. (para los que no lo sepan, manjar es el nombre que recibe el dulce de leche en Chile). La suerte se nos dio de cara de nuevo con el propietario del AirBnB. Una chica fantástica, super atenta y que no vaciló para compartir un vinito junto a ella al lado de la chimenea. Todo un lujo impagable que te acerca a la realidad de la cálida gente del sur.

A la mañana siguiente nos levantamos temprano. La idea era proseguir la ventura hacia el lago Pirihueico donde curzaríamos el lago con un Ferri hasta llegar al otro extremo y de allí curzar la frontera entre Chile y Argentina y llegar a San Martín de los Andes. Todo eso en un solo día.

El primero de los retos fue saber como llegar hasta el lago. Un bus nos llevaba allá por la cantidad de 2500 pesos (aproximadamente 4 euros). Pero poseídos por las ganas de aventura buscamos probar suerte haciendo dedo. Esta vez costó algo más que la anterior, y no llegamos ni a medio camino que ya habíamos subido al auto de 5 extraños. Cuando vimos pasar el bus no dudamos en hacerlo parar y subirnos en él, pues los ferris que luego cruzan el lago pasan tan solo dos veces al día, y perder la siguiente supondría quedarnos tirados en medio de la nada.

Cruzamos el parque Huilo Huilo y mucho de los pueblos colindantes hasta llegar a Puerto Fuy, lugar desde donde parten los Ferris. Debido a que es para muchos el único medio de transporte para pasar de un lugar al otro, los precios de la barcaza HuamHuam son bastante populares. Una hora y cuarto tardó el ferri en cruzar el hermoso lago, el mismo tiempo que tuvimos para encontrar a alguien que tuviera la amabilidad de llevarnos después hasta San Martín. Incluso con la ayuda del capitán de la embarcación, nuestro único recurso fue subirnos en la parte de atrás de la furgoneta de un comerciante de artesanías ecuatoriano y su familia. Por suerte para nosotros y nuestro mareo, en una de las aduanas que hay en medio camino una mujer argentina y su hijo accedieron a llevarnos en mejores condiciones hasta San Martín de los Andes. Cuando vimos el tiempo de recorrido y los paisajes que nos podríamos haber perdido en el desplazamiento dimos gracias de haber podido encontrarnos con nuestros nuevos amigos argentinos.

Despertamos ya en Argentina, en San Martín, y no vacilamos para levantarnos e ir a explorar esa pequeña ciudad, el lago Lácar y algunas de sus bellezas que se ocultan por senderos de montaña como el mirador de las Bandurrias. La belleza que envuelve el reflejo del lago entre vegetación y montañas resulta indescriptible.

Como dije, San Martín es un pueblo chico que claramente está especializado en el turismo de montaña y el esquí. Así que una vez visto parte de su naturaleza proseguimos nuestra ruta por la Patagonia argentina dirección Bariloche. Sin embargo, entremedio pasamos una mañana en Villa La Angostura, una localidad bañada por el brazo norte del lago Nahuel Huapi y que esconde uno de los paisajes más lindos de lo que llevábamos de viaje. Dicho pueblo posee una gran península que alberga el Parque Natural de los Arrayanes, un árbol de madera color canela y hojas diminutas y verde oscuro. Puedes apreciar bosques espesos de esta especie a donde quiera que dirijas la vista. Naturaleza en estado puro.

Seguimos nuestro camino, ahora sí, rumbo San Carlos de Bariloche, cuyo nombre original, Vuriloche, proviene del mapuzungun y significa “gente del otro lado de las montañas”. Uno de los aspectos que más me gustan de esta parte del mundo es que la poesía y la presencia de los pueblos originarios, aunque maltratada y escondida sigue viendo la luz en elementos aparentemente aleatorios como el nombre de sus ciudades.

Bariloche es, sin duda, la ciudad más grande que nos albergó desde que salimos de Santiago. Bariloche, y no Santiago, es una ciudad hermosa tanto por el paisaje que le rodea como por su casco histórico. De allí es famoso el chocolate así como sus impresionantes pistas de esquí. También aprovechamos los tres días que pasamos en la ciudad para recorrer la Colonia Suiza, donde comimos el tradicional Curanto, y realizamos el Circuito Chico en bus.

Bariloche fue nuestra última parada por tierras argentinas y de allí tomamos un bus que durante 7 horas nos llevó a través de los Andes hasta Puerto Varas, otra vez en Chile. Allí tuvimos la suerte de coincidir con unos amigos malteses con los que habíamos coincidido en San Martín de los Andes. Puerto Varas es una pequeña ciudad que fue originada por colonos alemanes, como muchos otros pueblos de la zona. Esta resguardado por el lago Llanquihue y vigilado por el volcán Osorno. Debido a las condiciones climatológicas nos fue imposible divisar el volcán, pero en compensación la naturaleza con obsequió con un enorme aro iris que cruzó el cielo de punta a punta del lago. Toda una experiencia de vida que daba punto final a nuestro viaje por el sur de Chile y Argentina.

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