Visita el desierto de Atacama.

Ver el desierto de Atacama, la joya de Chile

Si un aprendizaje habíamos sacado de la vez anterior era aprovechar cada instante. Nadie puede consultar al devenir, sin embargo, conocemos la mayoría variables del presente y no hay excusa para hacer de este el más óptimo de los caminos. Estábamos en Chile nuevamente. A lo lejos se divisaban entrevistas de trabajo para Inés y mi viaje a Temuco. Si había un momento para ampliar nuestro radio de conocimiento y exploración de Chile, era este. Las arcas aún no estaban muy maltrechas por nuestra recién llegada al país y envueltos por nuestro afán de recuperar el tiempo y el exceso de sensatez decidimos comprar dos vuelos de ida y regreso a Calama. Nuestro viaje a Atacama, por fin tomaba forma más allá de la que había tenido hasta ahora en nuestra imaginación y en los relatos de los numerosos relatores que ya el año pasado nos recomendaron este paraje.

Llegamos a Calama. Un transfer nos llevó hasta San Pedro. La belleza del paisaje nos auguraba una gran experiencia. Sin embargo, era una belleza distinta a cualquier otra que haya reconocido anteriormente en paisajes. Aridez, sequedad, arena. Me preguntaba cómo era posible encontrar belleza en lo inerte, en la escasez, en la falta de vida. Lejos de la abundancia que ofrecen bosques y selvas, Atacama nos enseñó desde el primer momento la vulnerabilidad del hombre hacia el desierto aparentemente infinito y la incapacidad de dejar de encontrar magia y misticismo en él.

Éste era un viaje muy esperado. Planificado desde hacía en ese momento más de un año. La primera prueba de la segunda oportunidad que nos estaba ofreciendo el destino y de que nuestro compromiso con aprovecharlo era pleno. Conocimos San Pedro de Atacama, la pequeña ciudad de adobe, así como nuestro hostal. Literas compartidas con otros 10 o 12 compañeros de viaje procedente de todas las partes del mundo.

Un chico argentino fue el intermediario que nos organizó el tour durante los cuatro días que estuvimos en esa parte inhóspita del mundo. Sabíamos que conocer Atacama era caro y sabíamos que valía la pena. El turismo por tours era algo a lo que no estábamos acostumbrados y que, personalmente, me asqueaba un poco. Sentir que pago a una persona para que me lleve y me traiga de un sitio bajo una estricta normativa horaria me impide gozar de la libertad y impulsividad que para mí debe de estar presente en cualquier viaje. Sin embargo las condiciones excepcionales de Atacama hacían más atractiva esta opción que no alquilar un auto y despeñarlo entre los numerosos barrancos del desierto.

No obstante, conseguimos remediar parte de este instinto aventurero que el tour nos anuló temporalmente con nuestra primera excursión a unas ruinas cercanas al pueblo: Pukará de Quitor. Estas construcciones son de origen atacameño y fueron realizadas con fines defensivos. Primero de sus vecinos Aymaras y más tarde para defenderse de los españoles, los cuales necesitaron 20 años para derrotar a un pueblo cuya tecnología y estrategia militar era infinitamente inferior. 

Para llegar hasta allí optamos por ahorrarnos el alquiler de dos bicicletas y recorrimos los 3km que separa la construcción preincaica del pueblo a pie. Cabe recalcar que cada centro arqueológico de Atacama está protegido por una comunidad indígena de la zona y el precio de las entradas van dirigidas a ellos. Nosotros tuvimos la oportunidad de amistarnos con el señor encargado de controlar el paso de acceso de Pukará de Quitor cuando le ayudamos a traducir las normativas una vez dentro de la fortaleza a unos turistas ingleses.

Subir por aquella montaña fortificada fue hermoso. De nuevo te invade la magia del lugar, su historia y la cultura de los pueblos originarios que siguen definiendo parte de la cultura popular de los países latinoamericanos. Una vez en la cima, contemplar las vistas del escarpado y accidentado valle de la muerte resulta una experiencia imperdible. 

Los días en Atacama terminan tarde y empiezan pronto. Oír y ver las vans parando en las puertas de los hostales a altas horas de la madrugada es una dinámica constante. La nuestra nos había convocado a las 5 de la mañana del día siguiente, sin embargo a este primer día le quedaba una última sorpresa: un tour destinado a la contemplación de estrellas y galaxias. Antes de conocer físicamente Atacama, sabíamos que este desierto es popular por ser uno de los parajes de la Tierra con mayor facilidad para contemplar los cuerpos celestes. La combinación de su elevada altura respecto al nivel del mar y sus cielos despejados casi todos los días del año, lo convierten el lugar perfecto. Ver por primera vez la vía láctea cruzando el cielo a simple vista entre la oscura noche fue algo que recordaré toda mi vida. Con lo que no contábamos era que la temperatura por la noche en el desierto cae significativamente y aunque nos proporcionaron bebidas calientes, el frío fue palpable en todo momento. En la foto con las constelaciones detrás que nos hizo el guía se constata en nuestra cara las bajas temperaturas.

Como comentaba, al día siguiente nos levantamos tempranos para nuestra excursión por las lagunas altiplánicas. Fue toda una sorpresa observar la biodiversidad que se esconde entre el desierto. Entre volcanes de punta nevada, llanuras de polvo infinitas y campos de rocas volcánicas milenarias, grandes mantos de aguas azul cielo rompían el paisaje. Y entre la unión de azules de las lagunas y el cielo manchas rosadas de flamencos alimentándose. Ninguna foto podrá hacer justicia a ese paisaje. La silueta de un flamenco rosado corriendo por encima de las aguas hasta alzar el vuelo con azulados volcanes de fondo es una de panorámicas más bellas que recuerdo.

Después de recorrer algunas lagunas de aguas cristalinas y de divisar animales como vicuñas y zorritos, llegamos de nuevo a San Pedro. Por la tarde nos esperaría visitar uno de las grandes atractivos de la zona: el Valle de la Luna. Recuerdo que para llegar a la van que nos esperaba en el centro del pueblo tuve volver a por agua y las gafas de sol al hostal. Un recorrido de 10 minutos ida y 10 de vuelta que se me hizo interminable. En ese momento constaté con mi propia experiencia que el efecto de la altura en el rendimiento físico no es para nada ficción.

Llegamos al Valle de la Luna. La percepción es que llegamos a un gran parque de atracciones ambientado en una visión de la Tierra postapocalíptica. Montañas escarpadas, rocas de formas caprichosas y dunas construidas con precisión milimétrica construyen ese paisaje hermoso. Tuvimos la oportunidad de conocer las Tres Marías, tres figuras de piedra que sobresalen sobre una especie de montículo de roca y que antiguamente fueron bautizadas por los Aymaras como los tres vigilantes. Lógicamente la aportación religiosa fue a manos de la invasión española.

Ese provechoso día culminó con una hermosa puesta de sol desde lo alto del Valle de la Muerte. Vimos caer la luz del sol que pasó de iluminar silueta de volcanes y montañas a resaltar solamente su silueta entre luces amarillas, naranjas y rojizas. El espectáculo de ver el sol caer en el desierto es otra instantánea que tardaré en olvidar.

A la mañana siguiente nos esperaba la van rumbo a Piedras Rojas, un tour que nos tomaría todo el día y en el que pudimos contemplar la belleza de aquellas rocas de color difuminado entre el cobrizo, rojizo y naranja. Dichas rocas conseguían rodear la laguna central hasta donde alcanzaba la vista y producía un efecto reflejo espectacular. Fue también en esta excursión que pudimos contemplar al impactante contraste que resulta de encontrar nieve en el desierto más árido del mundo. No recordemos que era invierno cuando visitamos Atacama, y era posible a primera hora de la mañana encontrar inmensas placas de nieve cubriendo arena y sal del desierto. 

Durante esa travesía también conocimos Toconao, un pueblo que todavía conserva la esencia ancestral de aquellas tierras mezclada con las nuevas costumbres y hábitos que trajeron los españoles a esta parte del mundo. Aquí también probamos el helado artesanal de algarrobo.

Esa noche tuvimos barbacoa en el hostal. Lo más sorprendente fue que el encargado de la misma era un catalán como nosotros. Siempre me fascinará la idea de conocer a gente aparentemente cercana en la otra punta del mundo. Nos fuimos a dormir temprano y con el estómago a medio llenar. Las indicaciones para el último día eran claras: Geiseres del Tatio está ubicado a una altura de 4000 metros y comer o beber en exceso se consideraba un factor de riesgo para apunarse.

Por nuestra cuenta tomamos otra precaución para frenar el mal de altura de la mañana siguiente. Compramos hojas de chachacoma para infusionarlas y tomarlo por la noche. Sin duda uno de los peores brebajes que haya tenido la oportunidad de beber. Dejé mi vaso a medias. Preferí sentirme mareado al día siguiente que mantener el gusto de esa agua en mi boca.

Llegamos a los Geisers coincidiendo con el amanecer. Altos edificios de humo asomaban en el horizonte a medida que nos acercábamos avanzando por los caminos de tierra. Altas columnas de humo, algunas de las cuales llegan a los 50 metros de altura, rodean el sendero que te lleva a visitar los distintos geisers. El paisaje es rompedor. Sale literalmente humo y calor de rendijas y agujeros del suelo. El olor a huevos podridos es una realidad y el color del amanecer se mezcla con los vapores que deja entrever un paisaje fantasmagórico. En el horizonte la montaña que da nombre a esta atracción turística nos vigila desde la distancia. Tatio significa “el abuelo que llora” inspirado por el perfil de la montaña que desde allí se aprecia y que guarda gran parecido con el perfil de un rostro anciano.

Antes de abandonar los geisers tuvimos la oportunidad de bañarnos en una de las pozas cercanas cuyas aguas, calentadas por el magma, ascienden a temperaturas alrededor de los 40 grados. Era curioso bañarse en esas calientas aguas mientras fuera la temperatura oscilaba sobre los 10 grados bajo cero. Cabe recordar lo frío que se vuelve el desierto por la noche.

Los Geiseres del Tatio fueron la última aventura que realizamos en Atacama. Por la tarde un transfer nos volvió de nuevo al aeropuerto de Calama. Ese último desplazamiento nos regaló una gran puesta de sol, la última en el desierto antes de volver a Santiago de Chile.

Que ver en Chile?

En primer lugar pasamos unos días en Temuco, alrededor de 5 horas en automóvil desde Santiago de Chile y capital de la región de la Araucanía, una de las zonas que todavía posee una mayor concentración de habitantes de raíz o identificación mapuche de Chile.

Allí, pudimos contemplar algunas muestras de la gran belleza que posee esta zona del sur de Chile. Entre otros lugares, tuvimos la suerte de conocer el Parque Nacional Conguillio, una de las reservas naturales más importantes de Chile y que destaca por la inmensidad de alguna de sus araucarias milenarias, unos árboles nativos de esta parte del mundo y que aquí son motivo símbolo y orgullo.

Nuestro viaje, sin embargo, prosiguió más al sur. Aún en la región de la Araucanía nos desplazamos alrededor de una hora en coche hasta llegar a la joya de la corona de la zona: Pucón. Pucón es la ciudad vacacional por excelencia. En verano miles de santiaguinos recorren los casi 1000km que separan ambos puntos para disfrutar de las bellezas paisajísticas que ofrece el lago Villarrica y el imponente volcán de mismo nombre que en él se refleja. Este volcán, que presume de poseer hielo durante todo el año en su punto más alto, es uno de los más activos de Chile, y, a mi parecer, uno de los más bonitos.

Aprovechamos los tres días que estuvimos allí para conocer otros lugares idílicos de la zona, como la ciudad de Villarrica, la cual recibe su nombre porque los españoles pensaban que allí se escondía una gran cantidad de riquezas que los primeros colonos habían obtenido durante su primera incursión a esas tierras y que más tarde volvió a ser reconquistada por el pueblo mapuche. De hecho, llama la atención que donde pisan ahora mismo mis pies nunca dejó de ser territorio indígena hasta la independencia de Chile, la cual no tiene mucho más de 200 años.

Al siguiente día seguimos nuestra ruta. Más al sur. Hasta el pequeño pueblo de Lican Ray. Hasta allí nos llevó el propietario del AirBnB que nos había hospedado las noches anteriores. Un gran tipo con el cual seguimos en contacto. En Lican Ray pudimos recorrer la Península, una pequeña reserva de bosque nativo que rodea el lago Calafquén. Una pequeña ciudad que en verano hierve, pero que ahora en invierno es el lugar perfecto para disfrutar plenamente de la naturaleza en tranquilidad.

Nuestra siguiente para da fue Panguipulli. Todavía más al sur. Literalmente el nombre de la ciudad significa “loma de pumas” en lengua mapuche, el mapuzungun. Hasta allí llegamos haciendo dedo, una práctica habitual en esta zona, mucho más tranquila y segura que la capital chilena. Allí contemplamos el lago Panguipulli en todo su esplendor en una de sus playas. Contemplar el rumor del agua, la inmensidad del lago y el imponente volcán Shoshuenco nevado supuso uno de los momentos con más magia del viaje. Cuando uno no está acostumbrado a tanta naturaleza y diversidad junta, inevitablemente se rinde ante tal belleza.

Pasamos la noche en Panguipulli y probamos uno de sus artesanales dulces con rico manjar. (para los que no lo sepan, manjar es el nombre que recibe el dulce de leche en Chile). La suerte se nos dio de cara de nuevo con el propietario del AirBnB. Una chica fantástica, super atenta y que no vaciló para compartir un vinito junto a ella al lado de la chimenea. Todo un lujo impagable que te acerca a la realidad de la cálida gente del sur.

A la mañana siguiente nos levantamos temprano. La idea era proseguir la ventura hacia el lago Pirihueico donde curzaríamos el lago con un Ferri hasta llegar al otro extremo y de allí curzar la frontera entre Chile y Argentina y llegar a San Martín de los Andes. Todo eso en un solo día.

El primero de los retos fue saber como llegar hasta el lago. Un bus nos llevaba allá por la cantidad de 2500 pesos (aproximadamente 4 euros). Pero poseídos por las ganas de aventura buscamos probar suerte haciendo dedo. Esta vez costó algo más que la anterior, y no llegamos ni a medio camino que ya habíamos subido al auto de 5 extraños. Cuando vimos pasar el bus no dudamos en hacerlo parar y subirnos en él, pues los ferris que luego cruzan el lago pasan tan solo dos veces al día, y perder la siguiente supondría quedarnos tirados en medio de la nada.

Cruzamos el parque Huilo Huilo y mucho de los pueblos colindantes hasta llegar a Puerto Fuy, lugar desde donde parten los Ferris. Debido a que es para muchos el único medio de transporte para pasar de un lugar al otro, los precios de la barcaza HuamHuam son bastante populares. Una hora y cuarto tardó el ferri en cruzar el hermoso lago, el mismo tiempo que tuvimos para encontrar a alguien que tuviera la amabilidad de llevarnos después hasta San Martín. Incluso con la ayuda del capitán de la embarcación, nuestro único recurso fue subirnos en la parte de atrás de la furgoneta de un comerciante de artesanías ecuatoriano y su familia. Por suerte para nosotros y nuestro mareo, en una de las aduanas que hay en medio camino una mujer argentina y su hijo accedieron a llevarnos en mejores condiciones hasta San Martín de los Andes. Cuando vimos el tiempo de recorrido y los paisajes que nos podríamos haber perdido en el desplazamiento dimos gracias de haber podido encontrarnos con nuestros nuevos amigos argentinos.

Despertamos ya en Argentina, en San Martín, y no vacilamos para levantarnos e ir a explorar esa pequeña ciudad, el lago Lácar y algunas de sus bellezas que se ocultan por senderos de montaña como el mirador de las Bandurrias. La belleza que envuelve el reflejo del lago entre vegetación y montañas resulta indescriptible.

Como dije, San Martín es un pueblo chico que claramente está especializado en el turismo de montaña y el esquí. Así que una vez visto parte de su naturaleza proseguimos nuestra ruta por la Patagonia argentina dirección Bariloche. Sin embargo, entremedio pasamos una mañana en Villa La Angostura, una localidad bañada por el brazo norte del lago Nahuel Huapi y que esconde uno de los paisajes más lindos de lo que llevábamos de viaje. Dicho pueblo posee una gran península que alberga el Parque Natural de los Arrayanes, un árbol de madera color canela y hojas diminutas y verde oscuro. Puedes apreciar bosques espesos de esta especie a donde quiera que dirijas la vista. Naturaleza en estado puro.

Seguimos nuestro camino, ahora sí, rumbo San Carlos de Bariloche, cuyo nombre original, Vuriloche, proviene del mapuzungun y significa “gente del otro lado de las montañas”. Uno de los aspectos que más me gustan de esta parte del mundo es que la poesía y la presencia de los pueblos originarios, aunque maltratada y escondida sigue viendo la luz en elementos aparentemente aleatorios como el nombre de sus ciudades.

Bariloche es, sin duda, la ciudad más grande que nos albergó desde que salimos de Santiago. Bariloche, y no Santiago, es una ciudad hermosa tanto por el paisaje que le rodea como por su casco histórico. De allí es famoso el chocolate así como sus impresionantes pistas de esquí. También aprovechamos los tres días que pasamos en la ciudad para recorrer la Colonia Suiza, donde comimos el tradicional Curanto, y realizamos el Circuito Chico en bus.

Bariloche fue nuestra última parada por tierras argentinas y de allí tomamos un bus que durante 7 horas nos llevó a través de los Andes hasta Puerto Varas, otra vez en Chile. Allí tuvimos la suerte de coincidir con unos amigos malteses con los que habíamos coincidido en San Martín de los Andes. Puerto Varas es una pequeña ciudad que fue originada por colonos alemanes, como muchos otros pueblos de la zona. Esta resguardado por el lago Llanquihue y vigilado por el volcán Osorno. Debido a las condiciones climatológicas nos fue imposible divisar el volcán, pero en compensación la naturaleza con obsequió con un enorme aro iris que cruzó el cielo de punta a punta del lago. Toda una experiencia de vida que daba punto final a nuestro viaje por el sur de Chile y Argentina.